jueves, 7 de abril de 2016

La paloma - Juan Meléndez Valdés



Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.

Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.

Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,

lumbroso el cuello, y el piquito breve...
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.


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miércoles, 6 de abril de 2016

Capítulo - Juan Boscán



...Era este tu cuerpo, el cual yo viendo,
tan grande era mi miedo y mi deseo
que moría entre yelo y fuego ardiendo.

Pues ya de tu alma si escribir deseo,
tanto he de andar por lo alto rodeando
que habrá de ser perderme en el rodeo.

Andaré pues, así como trazando
las figuras por sí, sin las colores
la obra por mis fuerzas conformando.

No basta amor, ni bastan los amores,
a levantar tan alto mi sentido
que muy bajos no queden mis loores.

El saber de tu alma es infinido:
¿cómo podré de vista no perdelle,
con este mi entender que es tan finido?

harto será de lejos sólo velle;
y aun este ver será en mí tan confuso
que su bulto veré sin conocelle.

El cielo acá en el mundo te dispuso
con obra tal que, al tiempo que te hizo,
el bien que en él pusieron en ti puso...


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martes, 5 de abril de 2016

Recuerdos de amor - Juan Bautista Arriaza



Suave sería el labio de mi musa
modular solitario sus congojas,
al son del agua y silbo de las hojas
de selva y río en variedad confusa;
tal vez allí la ilusa
copia de mis pesares,
en tan nuevos cantares
sanara que envidioso a mis recreos
el ruiseñor, en circulares giros
bajara y repitiera entre gorjeos
lo que yo le cantara entre suspiros.

La vi deidad, y me postré a adorarla,
y por volver el ídolo benigno,
la prosa olvido, y me dedico a hablarla
en el lenguaje de los dioses digno.
De entonces fue mi signo
pintar en mis canciones
sus dulces perfecciones;
¡y cuánto, oh cielos, su beldad me humilla!
que es a su lado mi elocuencia parca.
Un hilo de agua que en el campo brilla,
y el ancho mar que casi el mundo abarca.

Hijos mis versos, Silvia, de tus ojos,
cuando mi amor mirabas indecisa,
tras de mil que engendraron tus enojos
volaron mil nacidos de tu risa;
Oh, cómo se divisa
en unos aquel frío
de tu ingrato desvío,
y en otros un calor que al mismo exceda
con que el torno del eje diamantino
la gran masa del sol rápido rueda,
ardiendo en fervoroso remolino!

Tú los cantabas, Silvia, ¡en qué lugares!
¿Te acuerdas de la selva en que habitamos,
que remedaba el ruido de los mares
con el sordo susurro de sus ramos?
Muramos, ¡ay! muramos
de vergüenza y disgusto;
que aún en algún arbusto
se ve escrito que en todo el universo
fuerza no habrá que a separarnos baste;
y aún está allí tu letra, allí mi verso;
¿y dónde está la fe que me juraste?

Los sauces pintarán con elegancia,
bajo el imperio de los euros roncos,
en sus fugaces hojas tu inconstancia,
y mi tristeza en sus desnudos troncos;
destemplados y broncos
murmurarán los vientos
de aquellos juramentos
cuando desafiaste a aquella roca
a firmeza... ¡oh dolor! ¡y ahora es aquella
en la que sólo estampo yo mi boca,
porque sólo tu nombre encuentro en ella.

Tal lo dispuso irremisible el hado;
encubra el velo lúgubre y espeso
que oculta el porvenir, lo ya pasado.
Silvia, murió el amor; mas no por eso
te ofendas de que impreso
subsista en mi memoria;
que si hay alguna gloria
en conmover los bellos corazones
con dulces metros llenos de ternura,
y esto se diere a mí, serán lecciones
de tus gracias, tu fuego y tu hermosura.

Y como corren a la mar undosa
las claras aguas por el campo ameno,
a ti mis versos; bríndales, hermosa,
tu blanda mano y tu mirar sereno;
guárdalos en tu seno;
y al abrigo de aquellas
cimas del Pindo bellas,
verá, de aliento y no de furia escaso,
el monstruo vil que por morderlos lidia,
que no se oye en la cumbre del Parnaso
el ladrar de la cueva de la envidia.


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lunes, 4 de abril de 2016

Dios hombre - Juan Arolas



¡Tanto exigió el humano desvarío!
Niño llora en la cuna: el Dios del cielo
Que es víctima de amor!
¡Ved al eterno sol temblar de frío
Para ablandar el corazón de hielo
Del hombre pecador!

Ven, suspirando, ven, que, cuando lloras.
Y en tu vagido exhalas triste ruego,
Me pongo a contemplar
Que tú pintaste el cielo y las auroras,
Tú diste al serafín alas de fuego,
Tú lindes a la mar.

Tú al águila altaneras que retrata
Su sombra en el peñasco más erguido,
Las fuerzas y el ardor;
Tú el colibrí las plumas de oro y plata
Mientras ebrio de aroma se ha dormido
Colgado de una flor.

¡Yaces en desnudez y amarga pena,
Tú que a los mismos ángeles encantas,
Delicia de Israel!
¡Tú que has vestido el campo de azucena;
Tú que has puesto una alfombra a nuestras plantas
De rosa y de clavel!

¡Estrella de Jacob!... Tu luz bendita,
Que saluda la iglesia enamorada
Con arpas de Sión,
De la prole de Adán, prole proscrita,
Borró en la inicua frente señalada
Divina maldición.

Aquel ángel que al hombre inobediente
Y a la mujer bañada en largo lloro
Sacó del sacro Edén,
Envainada la espada refulgente,
Segunda vez abrió las puertas de oro
Que guardan todo bien.

Las aves desplegaron voces puras
Cantando un himno de alabanza al cielo
Con grata suavidad:
Demos a Dios la gloría en las alturas,
Y la paz a los hombres en el suelo
De buena voluntad

Los árboles vistieron frescas flores,
Y enfrenado con hórridas cadenas,
Rasgado el pecho infiel,
Bajó del orco impuro a los horrores,
Para sufrir el colmo de las penas
El pérfido Luzbel.

Desde el principio existe tu hermosura.
Siempre inmutable, eterna y escogida;
Hoy has venido a nos
Nacido de una Virgen bella y pura,
Verdad, amor y vida de la vida,
Luz de Luz, Dios de Dios.


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domingo, 3 de abril de 2016

Calabozo - Juan Antonio Corretjer



He aquí mi pie tan corto que no anda.
He aquí mi mano que no tiene sombra.
He aquí mi labio que ni besa o nombra.
He aquí mi voz que sueña y que no manda.

(Bello alhelí que mi pasión agranda,
voy hacia ti, mi mano ya te ensombra,
mi labio ya te besa, ya te asombra,
mi voz en 1a caricia te demanda.)

He aquí frente sin sol, palidecida,
y corazón que late sin latido,
floja vena sin piel, vida sin vida.

(Pensamiento triunfal no detenido,
el corazón, entre la mano erguida,
levantas sobre el muro, florecido.)


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sábado, 2 de abril de 2016

Soy - Josefina Plá



Carne transida, opaco ventanal de tristeza,
agua que huye del cielo en perpetuo temblor;
vaso que no ha sabido colmarse de pureza
ni abrirse ancho a los negros raudales del horror.

¡Ojos que no sirvieron para mirar la muerte,
boca que no ha rendido su gran beso de amor!
Manos como dos alas heridas: ¡diestra inerte
que no consigue alzarse a zona de fulgor!

Planta errátil e incierta, cobarde ante el abrojo,
reacia al duro viaje, esquiva al culto fiel;
¡rodillas que el placer no hincó ante su altar rojo,
mas que el remordimiento no ha logrado vencer!

Garganta temerosa del entrañable grito
que desnuda la carne del último dolor:
¡lengua que es como piedra al dulzor infinito
de la verdad postrera dormida en la pasión!

Haz de inútiles rosas, agostándose en sombra,
pozo oculto que nunca abrevó una gran sed;
prado que no ha podido amansarse en alfombra,
¡pedazo de la muerte, que no se sabe ver!


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viernes, 1 de abril de 2016

El canto de los piratas - José Zorrilla



«Alerte! alerte! Voici les pirates
D'Ochali qui traversent le détroit.»

LE CAPTIF D'OCHALI

Con cien cautivos llevamos
Fletada nuestra galera,
Que en una y otra ribera
Para el harán reclutamos.
¡Al mar, al mar, marineros!
En Fez entramos mañana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.

Cabe un convento botamos
Al agua el ancla tenaz;
Linda muchacha apresamos,
Dormida en traidora paz:
Mil fantasmas hechiceros
Soñaba, a la mar cercana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.

-Forzoso es, niña, callar:
Ea, ganemos el viento;
Esto no es más que cambiar
Por un harén un convento.
Os haremos mahometana
Y el Sultán ha de quereros.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana-

Huir desperada quiso.
-¡Y osáis, hijos de Satán!...-
Lloró, suplicó. -Es preciso-
La contestó el capitán.
Sus clamores lastimeros,
Su resistencia, fue vana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.

En su dolor, parecían
Sus ojos un talismán;
Mil cequíes bien valían:
La hemos vendido al Sultán.
Lo debe a mis compañeros:
Ayer monja y hoy Sultana.
Somos ochenta romeros
Sobre nuestra capitana.


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