lunes, 6 de junio de 2016

Ahora puedes en mi sangre viva - Vicente Espinel



Ahora puedes en mi sangre viva
ejecutar de tu rigor la furia,
inexorable hado,
antes que el cuerpo helado
de los ásperos golpes de tu injuria
rendido caiga en sepultura esquiva:
y a la hambre ecesiva,
que tienes de mi ofensa,
le falte la materia
faltando la miseria,
do se entregaba sin hallar defensa,
harta tu saña inmensa
antes que tantas penas
cuajen la sangre en las heladas venas.

Atiza, abrasa, anega un tierno pecho
el aire, el fuego, el agua en un instante,
traga, derriba, atierra
tiempo, fortuna, y tierra
al más altivo espíritu arrogante,
y a mí, que en tierno llanto estoy deshecho
con cuánto mal me han hecho,
ni tiempo, ni fortuna,
ni el viento, y viva fragua,
ni la tierra, ni el agua
ni todas las estrellas una a una,
han sido parte alguna,
para en tan largos años
dar un remate a mis terribles daños.

Que el justo cielo de tan gran dureza
engaste, y cubra un corazón humano,
son obras ordinarias
con intenciones varias,
porque las ecelencias de su mano
muestran su perfeción con extrañeza:
mas que en tanta entereza
conserve sus hazañas,
y que el tiempo no pueda,
ni la mudable rueda
mudar jamás tan sólidas entrañas,
son obras más extrañas,
en cuyo fundamento
se eclipsa la razón, y entendimiento.

Todo lo inferior está sujeto,
y a las causas mayores obedece,
mas destas causas ciertas
unas son descubiertas,
otras hay cuyo efeto se parece,
mas son ocultas para el más discreto:
aquí se ve un efeto
siendo la causa oculta,
de un pecho empedernido
jamás enternecido,
mas no hay saber, de que ocasión resulta,
que se encubre y oculta,
porque a mi mal tan fuerte
no se busque reparo en que se acierte.

Por todo pasa el tiempo presuroso,
y el brazo de Fortuna poderosa,
el uno, y otro instable
al bien, y al mal mudable,
ora en pena, y venganza rigurosa,
ora en blanduras, y favor piadoso.
Yo siempre temeroso
de mal tan obstinado
en discurso tan luengo
de un daño en otro vengo,
sin esperanza de mudar estado,
al centro derribado,
miserable, afligido,
sin poder ser de nadie socorrido:

Aquí me dan el áspero tormento
con fuertes cuerdas amarrado al potro,
contra mi rostro juntas
mil penetrantes puntas,
porque si me moviere a un lado, u otro,
halle donde se doble el sentimiento:
do el duro pensamiento,
verdugo, y carnicero
me aprieta con tal fuerza,
y hace confesar aunque no quiero
falso por verdadero:
y allí a terrible pena
por mi confesión propia me condena.

Luego me arrastra por peñascos duros,
y en dudosos caminos me aposenta,
donde tropiezo, y caigo,
con el peso, que traigo
de la imaginación que me atormenta
con escabrosos términos escuros:
Por pasos mal seguros
voy de una en otra roca,
do el destino me lleva
haciendo de mi prueba,
como hombre condenado por su boca.
¡Justa venganza, y poca,
para quien tan sin tiento
se va tras un confuso pensamiento!

Mas ¡ay!, que de su parte se declara
un juez elegido por mi gusto,
una potencia ciega,
que a tanto extremo llega,
que condena lo justo por injusto,
y en verdadero, o falso no repara:
si a la verdad más clara
la falsedad ecede,
y con falsa apariencia
demostración, y ciencia
hace, de lo que ser verdad no puede,
la voluntad concede,
que está a la mira puesta
para negar, y conceder dispuesta.

Vengo a llegar a tanto desvarío,
que a mi clara locura echando el sello
siento llegar mi plazo,
y con estrecho lazo
de desesperación echado al cuello
pienso acabar el grave dolor mío:
mas el libre albedrío
con la luz alumbrado
del claro entendimiento
me torna en un momento
al propio ser de mi primer estado,
libre, y desenredado
mientras la furia amansa,
descansa un rato, si mi mal descansa.

Y allí soltando la abundante vena
de lágrimas sangrientas de mis ojos,
cual caudaloso Nilo,
sin respeto distilo
la furiosa pasión de mis enojos
sujeto al mal, que mi fortuna ordena:
y si venganza enfrena
mis ojos algún tanto,
por parecer bajeza
dar muestras de flaqueza
un ánimo gentil con tierno llanto,
siento tan gran quebranto,
que el corazón deshecho
rompe a suspiros el cansado pecho.

Y así del fuego que se enciende, y arde
en mis entrañas, libremente dejo
correr el humor cálido
por el semblante pálido,
siquiera digan que en mi mal me quejo
de temeroso en la pasión cobarde,
o que es bien que se guarde,
el que valor profesa,
que no se sienta, o vea
apariencia tan fea,
ya que el dolor, y la pasión confiesa:
mas ya que el llanto cesa
contra el cielo enemigo
suelto la enferma voz al aire, y digo:

Cielo inhumano, de mi bien verdugo,
sordo a la ronca voz de mi querella,
si a la muerte me emplaza
la espantosa amenaza,
y aquel rigor de tan malina estrella,
como en mi origen decretar te plugo,
¿deste pesado yugo
cuándo podré librarme?
Socorre ya el partido
de un ánimo ofendido,
con darme presta muerte, o remediarme:
mas en vano es quejarme,
que ni podrá valerme,
ni el mal se hallará sin ofenderme.

Canción, si acaso fueres condenada
por dudosa y confusa,
di, que en mis grandes males esto se usa.


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